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Como fuese azotado un ladrón, y rogase al verdugo que no le diese tanto en una parte, sino que mudase el golpear, respondió el verdugo: “Callad, hermano, que todo se andará”.

Pidió un labrador a otro amigo suyo dentro en su casa que le prestase un asno que tenía para ir con él a la ciudad. El otro, escusándose que no lo tenía, que lo había prestado a otro, suedió que en este medio comenzó de roznar el asno en el establo. Entonces dijo el que se lo demandaba: “decid, compadre, ¿no es aquel que rozna vuestro asno?”, respondió el dueño: “necia condición es la vuestra, compadre; qué, ¿más crédito tiene el asno que yo?” – “Así me parece” – “pues entrad por él”.

Tras una temporada de silencio, prosigo con mi aventura bloguera. Los siguientes días tengo la intención de ir publicando una serie de pequeños cuentos aprecidos en la obra de Juan de Timoneda “El sobremesa y aliuio de caminantes”, según la edición de 1569. Creo que se trata de una colección que tiene su interés y que, sorprendentemente, nunca a tenido un interés por parte de las editoriales modernas.

Simplemente, espero que os gusten

Hoy que en todos los medios tenemos la cara de los más poderosos (G20) buscando soluciones al pantano donde nos han metido, quisiera contar una pequeña historia, ocurrida en el siglo XVI, que creo puede servir para ver cómo en estos fangos nos hemos metido nosotros sólos, ciegos por el canto de las sirenas del beneficio rápido… pero ya hace más de 400 que los sabios viene avisando de los peligros de estas “verdes colinas”.

En 1532 el conjunto de mercaderes españoles con negocios en Amberes decide enviar a un fraile franciscano a París, con el fin de someter al parecer de los sabios de la época “ciertas dubdas que tenían assy de contratos de cambios y fianças como de otras cosas“… es decir, los mercaderes castellanos no las tienen todas consigo, dudan de la legalidad y MORALIDAD de los contratos de cambio.

Los sabios de la Universidad de París eran, como ya se ha dicho, lo más granado de la época, Beda, el censor de la Paráfrasis de Erasmo, John Maior de Haddington (maestro del poeta Montaigne) y otros trece más.

La opinión de los mismos fue muy drástica con este tipo de contratos: condenan los intereses por ser usura, permitiendo exclusivamente el sobrecargo al total de las costas de aquellos gastos que tuvieran lugar durante la transmisión de la misma. Pero, lo que a mi más me llama la atención, es la siguiente afirmación:

“TODO ELEMENTO ESPECULATIVO EN EL COMERCIO, ES RECHAZADO DE BUENAS A PRIMERAS, Y  NO PUEDE SERVIR DE BASE A NINGÚN TIPO DE INDEMNIZACIÓN”

Estos sabios se estarían tirando de los pelos si vivieran estos nuestros tiempos. La especulación no sólo no ha sido mal vista (sus juicios se asentaban en la moralidad, no en el derecho), sino que ha sido aplaudida y, los especuladores, han formado un grupo social que ha servido a muchos de referencia.

Pero es más, mientras hace más de cuatro siglo se advertía que aquel que especula no tiene derecho a indemnización alguna, hoy nos volvemos locos pensando cómo tapar el agujero creado por ellos (indemnizando, de alguna manera, a aquellos que se han quedado con el culo al aire).

Juan Pérez de Lazarraga, señor de la casa de Larrea (aprox. 1550 – 1605) fue el autor de varias obras que desgraciadamente nunca llegaron a ser impresas (o eso creemos). Sin embargo, de su relación genealógica nos han quedado cinco copias manuscritas (la original se encuentra en el archivo diocesano de Vitoria) y un famosísimo manuscrito de poemas escrito en euskera.

Manuscrito Lazarraga

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Hace poco ya toqué el tema del anticlericalismo en la España preindustrial (ver aquí). Hoy quiero retomar el tema aprovechando la reedición de una de las obras pioneras y esenciales sobre el tema. Me refiero a la Historia del anticlericalismo español, de Julio CARO BAROJA y reeditado, como no podía ser de otra forma, por Caro Raggio.

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Mojón oñatiarra

Mojón oñatiarra

Se trata, como dice el título, de un curioso mojón perdido en la montaña de Oñati (Gipuzkoa). Yo no conozco otro ejemplo similar (tampoco soy un experto en la materia)…

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Domenico Scandella, más conocido como Menocchio, era un molinero friulano que vivió en el siglo XVI. Fue acusado ante la Inquisición por la “soltura” con la que hablaba de temas demasiado espinosos en ese momento. Su visión de la religión era realmente “moderna”, lo que inquietaba al párroco de su aldea (autor de la denuncia). Menocchio mantuvo la coherencia durante todo el proceso seguido contra él, lo que desgraciadamente lo llevó a la hoguera.

Pero hoy quiero citar, textualmente, el testimonio que Domenico hizo ante el tribunal sobre su forma, realmente peculiar, de ver el cosmos.

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Idacio fue obispo de la ciudad de Chaves (Portugal) durante el siglo V d. C. Su recuerdo ha llegado a nosotros gracias a su Chronicón, en el que narra, de forma escueta, aquellos acontecimientos sucedidos a partir del año 378 d. C., a modo de apéndice de la obra más ambiciosa de San Jerónimo.

Recomiendo a cualquiera que encuentre alguna de las traducciones de esta obra (la versión latina se puede encontrar en el MGH) que pierda un par de tardes en su lectura, pues aunque a primera vista pueda parecer muy esquemático y aburrido, la cantidad de información que nos ofrece es increible.

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Hace ya más de un año que no hablo de uno de los fenómenos sociales (y sólo social) que más me han llamado la atención, el del pobre despoblado treviñés de Otxate.

La ermita de Burgondo, próxima, quizá peligrosamente próxima al dicho despoblado, sufrió un incendio y posterior ruina a mediados de los años 80 (creo que fue hacia 1986). Una visita de un grupo del Instituto Alavés de Arqueología a las ruinas de la misma descubió, entre las piedras derruidas, un epígrafe romano que había sido retallado y reutilizado como sillar en la construcción de la misma.

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